Curas en Pecado

Corrían aquéllos turbios años 60 cuando la educación de una buena parte de la infancia española había sido confiada al clero y a sus muchos centros repartidos por nuestra geografía y gestionados por distintas congregaciones religiosas.
Al buen entender de muchas familias y, no dudo que con su mejor intención, el nivel de enseñanza que esos colegios impartían solía ser de mayor altura que aquéllos calificados como públicos o laicos. De alguna forma, los primeros, al ser privados o a lo sumo, concertados mantenían una cota de exigencia y rigidez más estricta, lo que en teoría debía acabar traduciéndose en un resultado más satisfactorio en la preparación para la vida de todos aquéllos púberes incipientes.
Fueron años de importancia trascendental en el futuro de nuestra generación. Como lo fueron en las anteriores y en otras posteriores. Infancia y adolescencia, ahí es nada. Por eso, cualquier recuerdo generado por esos años se grabó a conciencia en los tejidos de nuestra mente. Y ahí permanecen.
Y entre esos recuerdos anidan experiencias para todos los gustos. Imagino que cualquiera que las vivió podrá destacar toda clase de anécdotas, divertidas, tiernas, desagradables, violentas, amargas, siniestras e incluso traumáticas.
Yo podría detallar al menos una de cada tipo. En todo caso lo suficientemente ácidas como para haberme convertido en un enemigo visceral de toda esa caterva clerical regida por la iglesia católica española. No voy a describir vivencias personales, las cuales pondrían en sobrada evidencia la justificación de mi posicionamiento contra esta peña. Por desgracia, ya son demasiadas las que inundan los sumarios judiciales en los últimos meses.
Sin embargo y a tenor de la información que está emergiendo acerca de los incontables y repetidos abusos sexuales de curas, frailes, e incluso, miembros de más alta jerarquía a nivel internacional en países como Irlanda, Alemania, España, Italia, Estados Unidos, Portugal, y seguro que otros muchos, me siento en la más ardua obligación de expulsar todo el asco que siento hacia esos monstruos lúbricos que, amparados, ocultados y muchas veces justificados por sus superiores se han dedicado durante décadas o siglos, a satisfacer sus bajezas y desviaciones sexuales con niños y niñas de todas las edades, utilizando la sumisión, las amenazas, el miedo y el engaño para marcarles por el resto de sus vidas con el hierro candente de la humillación, de la vergüenza, de la suciedad, convirtiendo la etapa más bella de una persona en un infierno mucho más patente que aquél con el que tanto nos han amenazado es sus vacías e increíbles peroratas a lo largo de los tiempos.
Sin perdón. Sin piedad. Si ha tardado la justicia en tener la valentía suficiente de llevarles a los banquillos de la verdad que por lo menos ahora no flaquee y destape todos los escándalos, que salgan a la luz todos y cada uno de los casos de abusos y que se señale a todos los culpables con el dedo firme y acusador. Aunque hayan pasado muchos años. Aunque algunos de esos cerdos estén jubilados, ocultos o muertos. Y que se pidan responsabilidades a obispos, cardenales o papas si fuera necesario por haber protegido tanta miseria e inmundicia bajo el aura de su purpurado poder e influencia.
Que paguen los que tengan que pagar. Me consta que en algunos lugares ya se está llevando a cabo. Incluso con penas económicas para intentar resarcir a antiguas víctimas. No va a ser suficiente ninguna cantidad de dinero para devolver a aquéllos niños de ayer la ilusión y la pureza de su infancia. Muchos de ellos han esperado a ser adultos, en ocasiones incluso madres o padres de familia para, después de varias décadas, atreverse a denunciar sus horribles recuerdos.
El código penal establece castigos muy concretos para los pederastas. Es uno de los delitos más graves que existen. Cuando los acusados y convictos son seglares no existen fórmulas que les eximan de cumplir sus penas. El daño que éstos hayan causado no es mayor ni menor que el infringido por los religiosos. Pero lo más grave, lo más execrable y condenable es que para muchos de esos sádicos libidinosos con sotana su comportamiento se justificaba bajo los auspicios de su amor cristiano. Como muy bien suelen decir ellos mismos, a dios rogando, y con el mazo dando.
Guarros. Malditos seáis y que el infierno que habéis inventado os acoja por los siglos de los siglos. Amén.

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